El propósito de las leyes, y la libertad.
El propósito de las leyes, y la libertad.
¿Cuál es el
propósito de las leyes? ¿Con qué fin las inventamos, las establecemos, que
tenemos tantas de ellas? Vale partir diciendo, que ninguna ley que sea
realmente útil puede tener consecuencias indiferentes en cuanto a su
cumplimiento o no; es decir, que las consecuencias de su observación deben
tener alguna importancia. Una ley como “Nadie se rascará la nariz con la mano
izquierda”, no tiene la más mínima consecuencia práctica, no tiene razón de
existir, y no existe. Quizás podríamos entonces concluir que ninguna ley puede
existir con el simple fin de ser cumplida, sino que debe siempre apuntar a otro
fin, un objetivo, que se logra con su observación.
Sí, entonces, las
leyes no existen meramente para ser cumplidas por los hombres, cual tirano
gobernante de un pueblo sin razón; entonces, deben necesariamente apuntar a
otro fin que se considera bueno, valioso, deseable. Cabe concluir entonces, que
cada vez que se propone algún tipo de legislación, y por lo tanto se restringe,
o se enmarca, el libre e impune actuar de los seres humanos; se está haciendo
un juicio de valor sobre lo que es bueno y deseable, y se está imponiendo este
criterio sobre los demás hombres, siempre y cuando no quieran ser de otra forma
sujetos de la fuerza coercitiva de la sociedad.
Es curioso que la
mayoría de las veces, estos criterios, estos juicios de valor, estas leyes;
sean discutidos y decididos entre pocos individuos, más allá de que en teoría
deban representar ciertos grupos sociales, en la democracia representativa.
Resulta también curioso que, tanto los individuos decisores como los
receptores, haya a su vez sido tan influenciados por otros pocos individuos; formando
sus ideas sobre el mundo muchas veces por medio de la simple digestión y
aceptación de lo que ciertos pensadores les han alimentado, sin detenerse ellos
mismos a meditar y a razonar sobre el tema. Sencillamente se acepta cual
palabra santa, revelación divina; todo razonamiento posterior parte de la
validación de lo que ya se ha aceptado. ¿Cómo es que son libres?
Por otro lado,
vale también decir que, dada la complejidad de la actividad humana; y, por lo
tanto, la imposibilidad de legislar y especificar cada una de las posibles
acciones humanas, es imprescindible el conocimiento del espíritu de las leyes
para su correcta aplicación, el fin al que apuntan, el bien que pretenden
alcanzar.
Por último, bien
podemos concluir que, mientras existan las leyes, existirá la imposición de los
juicios de valor de ciertos seres humanos sobre otros; es decir, heteronomía,
“otro” me gobierna. Esto podría evitarse en dos escenarios extremos,
aparentemente, y que se presentan a continuación.
Uno, la anarquía,
la anomia. Aparentemente, si no existen leyes, podría concluir que nadie me
está imponiendo su sistema y juicios de valores; pero, ¿qué hay del hombre que
estima necesaria la existencia de normas y valores en la sociedad, y para lo
cual encuentra una férrea resistencia? Ciertamente, él puede alzar la bandera
del fracaso en cuanto a la libertad personal por sobre la voluntad de otros,
aún en este caso.
Dos, que haya una
total concordancia entre el sistema de valores que la sociedad estima como
buenos, y, suponiblemente, en aras de los cuales legisla; y los de cada
individuo. En este caso, aunque sea una fuente externa a mí mismo la que
legisla e impone, como coincide plenamente con mis propios deseos y
convicciones, puedo decir que soy, al mismo tiempo: libre y sometido, autónomo
y gobernado, satisfago y soy satisfecho. Pero, ¿cómo podría llegarse a una
total concordancia entre las convicciones de cada individuo con los demás, y,
por lo tanto, de la sociedad como un todo? Podemos, de nuevo, suponer dos
escenarios.
Uno, existe un
sistema de valores objetivo, real; más allá de las muchas suposiciones y
preferencias que cada sujeto pueda tener. Claramente, no encontraríamos entre
nosotros ni un solo individuo que tuviera tal sabiduría, tal intachable moral,
carácter; tal indudable amor por los demás; que nos dejáramos guiar por él.
Pero, si tal individuo existiera, sin dudas sería nuestra mejor opción para
establecer el sistema de valores que debiera regir para la humanidad; incluso
para supervisar su aplicación. Tal individuo no fallaría por necedad, por
corrupción o por egoísmo; sería nuestra luz en la oscuridad, un ancla firme en
el mar de la subjetividad. (Mt 12:42; Hb. 4:15; Jn
15:13).
Y dos, que todas
las mentes sencillamente desearan las mismas cosas, estimaran las mismas cosas
como buenas y deseables en exactamente la misma intensidad. Ahora, puesto que
esto claramente no es así en la actualidad, deberíamos como raza someternos a
un proceso de cambio mental por el cual alcancemos esta unificación de
criterios y deseos. Pero, ah, ¿a qué mente debemos apuntar? A la del punto uno,
está claro, si la podemos encontrar. (1ra. Cor. 2:16;
Ef. 4:13; Ef. 4:23-24; Ro. 12:2).
Ahora ben, estos
dos Caminos son uno y el mismo, la Verdad que nos liberta, las palabras que nos
dan Vida: Una Persona. (Juan 8:32; Juan 14:6).
Comentarios
Publicar un comentario